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martes, 31 de marzo de 2020

#QuedateEnCasa - Lo que no gusta anunciar...

😢
Me quedo un día mas leyendo el discurso con el cual papa Francisco acompañó el pasado viernes la oración por el fin de epidemia. 

Hoy debo anunciar lo que nadie desea:
será prudente no reunirnos en ninguna forma por la bendición de las ramas en el Domingo que precede la Pascua. 

¡Qué triste! ¡Cuantas personas lo esperan! 

Como cura me entristece mas porque es uno de los días en los cuales mas gozo en ver a tantos que encuentran consuelo acompañando Jesús en su pasión. 

Pero este año es mas prudente así. 
Muchos – según tradición – me llaman padre y un padre debe saber decir hasta el incomodo. 

En su discurso papa Francisco recuerda: 
No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio...

A mi juicio el próximo domino quedará en la memoria como algo que ha faltado. 

¿Y en el juicio de Dios? 
Solamente lo escucho recordarme: 

Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura.
No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.
(Lucas 12, 31 – 32)



Papa Francisco, Oración en tiempo de epidemia, 27 de marzo de 2020.

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Marco (4, 35 – 41) 

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: 
«¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».
Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen».

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. 
Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. 
Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos con esta historia, 
lo difícil es entender la actitud de Jesús.
Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).
Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).
No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. 
Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.
La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). 
Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección.
No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: 
el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. 
Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. 
La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 
El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. 
Porque esta es la fuerza de Dios: 
convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo.

Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. 

  • Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. 
  • Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. 
  • Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 
En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1Pe 5,7).

lunes, 30 de marzo de 2020

#QuedateEnCasa TERCERA SEMANA : Abrazar su Cruz... es darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar.



Empezamos la tercera semana de aislamiento. 

#QuedateEnCasa 

Por muchos lados vemos juntos con quien no da paso a los consejos quien empieza a sentir su pesadumbre que muchas veces puede motivar peligrosas desatenciones. 

Vuelvo a leer el discurso que dio papa Francisco el pasado viernes en su dolida oración en tiempos de epidemia. 

Encuentro consolación en una frase entre las muchas que merecerían bajar poco a poco en el corazón: 

Abrazar su Cruz... es darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar.

Abrazar la cruz es creatividad. 

Creo que lo necesitemos... que el Espíritu que Jesús sopló desde su Cruz nos done creatividad para que estos días aislados no sean vacío sino tiempo de Dios, tiempo para bien. 




Papa Francisco, Oración en tiempo de epidemia, 27 de marzo de 2020.

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Marco 
(4, 35 – 41) 

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: 
«¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».
Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen».



«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. 
Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. 
Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos con esta historia, 
lo difícil es entender la actitud de Jesús.
Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).
Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).
No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. 
Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.
La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). 
Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección.
No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: 
el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. 
Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. 
La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 
El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. 
Porque esta es la fuerza de Dios: 
convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo.

Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. 

  • Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. 
  • Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. 
  • Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 
En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1Pe 5,7).

jueves, 26 de marzo de 2020

25 años de misión del obispo Carlos



Cuando pensamos al Obispo en su misión lo imaginamos en Misa con los dos signos que lo caracterizan: 
el Báculo Pastoral y la Mitra (el gorro de dos puntas y dos flecos que viste en algunos momentos de la celebración). 

Cae claro el sentido del bastón pastoral por recordarnos el pastor bueno imagen de Dios ya desde el Antiguo Testamento (Salmo 22) e imagen de sus fieles servidores. 

Mas desafiante es interpretar el sentido de la Mitra. 

En la celebración de la Ordenación Episcopal (el ritual por medio del cual un hombre es hecho obispo) se unge la cabeza del nuevo obispo con el aceite mezclado al perfume (llamado Crisma en honor a Jesús el Cristo) además mientras el hermano que celebra invoca la bendición de Dios se pone en la cabeza del nuevo obispo el libro de los Evangelio. 

La Mitra recuerda esto momentos y al mismo tiempo recuerda que en la cabeza del obispo está la palabra de Dios. 

La tradición católica dio a este gorro la forma de dos montaña. 
Es forma muy acertada porque la montaña junto con el desierto es uno de los lugares donde Dios hizo escuchar su voz. 

Me gustaría recorrer un poco las montañas de la Biblia: 
  • En las faldas de las montañas de Ararat (Gen 8,4) encuentra puerto el arca de Noé sobreviviendo el diluvio. 
  • En la cima del Moira (Gen 22,2) el Ángel para la violencia de cualquier sacrificio humano enseñando a Abraham otros caminos. La misma cima se identifica con Sión la cumbre sobre que se edificó el Templo de Jerusalén. 
  • En al Montaña de Horeb (Ex 3) Moisés es llamado por Dios para que libere al pueblo. En la misma montaña encuentra amparo el profeta Elías en sus persecuciones (1 Re 20,9 – 18).
  • El mismo Moisés en la montaña de Sinaí recibió las leyes de Dios que serán guardadas en la cumbre del ya recordado monte de Sión con su Templo (Ex 19).
  • Cuando muere el primer rey – Saúl – su sucesor David convoca hasta las montañas de Gelboé en Galilea para que lloren desde los lugares mas alejados del reino (2Sam 1, 21). 
  • Los profetas imaginan el Paraíso como un monte donde el Señor prepara una morada muchos mas linda y solemne de Jerusalén mismo (Is 2, 1 – 5).

El mismo Jesús vive de cumbre en cumbre: 
  • Nazaret, la ciudad donde Jesús creció y vivió la mayoría de su vida, está construida sobre una montaña al punto que cuando los habitantes quieren matar a Jesús intentan despeñarlo (Lc 4, 29).
  • Si en el desierto encuentra las tentaciones en la montaña de la Transfiguración encuentra la cercanía del Padre-Dios (Mt 17, 1 - 13).
  • En las faldas de la montaña de los olivos Jesús reza en el comienzo de su pasión (Mt 26, 36 – 46). 
  • En la cumbre del Calvario Jesús termina su vida (Mt 27, 33). 
  • El Resucitado – por fin – da cita a su discípulos en una montaña de Galilea (Mt 28, 7). 

Leer la Biblia nos convoca a una “cordada con Jesús” donde cada cumbre vislumbra una otra hasta el destino final. 

En los 25 años de misión como Obispo en la Iglesia de Mercedes seguramente Mons. Carlos trepó muchas montañas: agradables o duras, verdes o pedregosas, placenteras o cansadoras. 

La Mitra que lleva en las celebraciones nos recuerda su misión de acompañarnos en los caminos de la fe sobre todo en los más empinado. 


¡Felicitaciones mons. Carlos! 
Lo que deseábamos fuera una fiesta será celebrada en soledad esperando tiempos mejores. 

A Usted y a la Iglesia que acompaña nunca falte la fe del salmista que reza: 

Jerusalén está rodeada de montañas: así rodea el Señor a su pueblo, desde ahora y para siempre. (Salmo 125, 2)

martes, 24 de marzo de 2020

PADRE NUESTRO MUNDIAL (FAMILIAS ADULTAS)... una oración arriesgada.

El papa Francisco ha invitado a todos los cristianos a rezar un Padre Nuestro mundial 
el 25 de marzo 2020. 

Se trata de un gesto con el que quiere universalizar la oración para luchar contra la pandemia del coronavirus. 
“En estos días en los que la humanidad tiembla con la amenaza de la pandemia, me gustaría proponer a todos los cristianos que unan sus voces"


Toma más conciencia de lo que reza con este video: 






Nos enseña el Catecismo de la Iglesia: 

2773 En respuesta a la petición de sus discípulos (“Señor, enséñanos a orar”: Lc 11, 1), Jesús les entrega la oración cristiana fundamental, el “Padre Nuestro”.

2774 “La oración del Señor o dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio” (Tertuliano), “la más perfecta de las oraciones” (Santo Tomás de Aquino). Es el corazón de las Sagradas Escrituras.

2775 Se llama “Oración dominical” porque nos viene del Señor Jesús, Maestro y modelo de nuestra oración.

2776 La Oración dominical es la oración por excelencia de la Iglesia. Forma parte integrante de las principales Horas del Oficio divino y de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Inserta en la Eucaristía, manifiesta el carácter “escatológico” de sus peticiones, en la esperanza del Señor, “hasta que venga” (1Co 11, 26).



domingo, 22 de marzo de 2020

HOMILÍA: Juan 9, 1 – 41. Cuarto domingo de Cuaresma (22 de marzo de 2020) (Misa sin pueblo presente por emergencia sanitaria Covid19)

“...la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura... 

a esta intuición del gran traductor de la Biblia san Jerónimo que ha entrado en la enseñanza tradicional de la Iglesia (Catecismo 94) me atrevo a sumar que la comprensión de la sagrada escritura crece según el contexto del lector. 

Todos vivimos un tiempo de ansia. No me escondo y les confío la preocupación por mi país y mi familia que vive en el mas grande brote actual. 
En esta semana por lo tanto leyendo y rezando con la pagina que la Iglesia sugiere por este domingo me trancaba en los primeros renglones...

Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego? 

En otros contextos habría pasado por arriba esta pregunta. La habría explicada como un residuo histórico antiguo, superado, hasta un poco grosero. El hombre antiguo no podía pensar a nada que no tuviese en Dios su justificación y por lo tanto todo lo que es mal y sufrimiento es consecuencia y salario del pecado. 
No podemos negar que la pregunta vuelve hoy por cuanto vestida con trajes modernos. 

¿Quién tiene la culpa por esta pandemia que el mundo vive? 

¿Cómo es posible que tantas ciencias no supieron prevenirla y parece que tarden en solucionarla? 

Estamos demasiado acostumbrados a tener una respuesta para todo. Pensemos en muchas formas de nuestro hablar... siempre conocemos quien es responsable de las cosas. Hasta frente a la muerte siempre hay la sospecha de un error medico o de un fallo en algún punto del proceso de terapia. La frase casi proverbial: no reaccionó a las terapias hecha la responsabilidad al mismo enfermo que – sin culpa obviamente – no pudo gozar de una terapia que por si misma podía salvarlo. 
Démosle las tonadas que preferimos pero la pregunta hoy se pega a nuestros labio y como un grito de enojo o de suplica sube al cielo: 

Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego? 

Maestro, ¿quién ha pecado, porque en este primer año de la tercera década del siglo XXI la humanidad entera tiene miedo a un parasito invisible? ¿porque tanto conocimiento acumulado no encuentra soluciones? 

Escuchamos la respuesta de Jesús: 

Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de Aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. 

Primero: gracias Jesús. 

El sufrimiento que ahora nos aprieta y nos encierra en las cuarentenas del ansia no es la pena por nuestros pecados, no es una sanción o una prenda que Dios envió. Queda misteriosa la origen del mal pero queda luminosamente claro que hasta en el sufrimiento mas oscuro Dios puede manifestarse... nació así para que se manifestar la obra de Dios. 

Terminada esta afirmación sin explicación alguna Jesús habla sobre un “nosotros” que debemos trabajar en la obra de Aquel que me envió. La obra es de Dios, el trabajo es de mucho es de “nosotros”. 

Por lo tanto vemos la obra de Dios en los tantos trabajadores de la salud que – arriesgando la propia salud – están cuidando los enfermos. Juntos con las marcas del sufrimiento de quien cae enfermo y ahogado por la gripe vemos la marca de la pasión de quien los cuida: sus rostros heridos por los tapabocas que los protegen, sus manos cansadas, sus inteligencias rendidas cuando no se puede hacer nada mas que levantar el teléfono para anunciar lo peor. 

Juntos con las marcas del sufrimiento de quien cae enfermo y ahogado por la gripe vemos la marca de la pasión de quien en estos días en su casas o pasando rápidamente en el Templo o en el Santuario ha rezado hasta consumar los granos del Rosario para que sea leve esta cruz, de quien está ofreciendo hoy el dolor para no poder celebrar el día Domingo, de quien está en espera de saber la evolución de la enfermedad propia o de algún ser querido, por fin las marcas invisibles de la pasión de los tantos que no pudieron abrazar una ultima vez los seres queridos y tuvieron que despedirlos a distancias y en la soledad. 

Por cuanto todo esto es pesado, esta es la obra de Dios a la cual Jesús ahora nos convoca. 

Jesús sigue hablando sobre una noche: 

llega la noche, cuando nadie puede trabajar. 

La referencia segura era a su pasión que sentía cada día mas cercana. Nosotros también estamos condenado a un tiempo de inactividad: son mas las cosas que es mejor no hagamos. 
Cruzamos esta noche esperanzados. Esperanzados porque ya nos parece vislumbrar la luz. Por ahora no es una luz que apague las oscuridades pero cuanto basta para seguir paso a paso. 

Por muchos lados escuchamos decirnos que el camino, nuestro camino de la cruz este año va a ser largo. Lo enfrentamos llevando en el corazón y en los labios la pregunta del centinela sobre que habla el profeta Isaias (profeta de la Navidad y del Viernes Santo): 

Centinela ¿Cuando queda de la noche? (Is 21, 11)... 

y rezamos para que llegue un otro centinela anunciado en la Biblia esta vez por Jeremías el profeta de la alianza nueva y por lo tanto de la mañana de Pascua: 

Así habla el Señor: ... yo suscité por ustedes centinelas: “presten atención...” (Jer 6,17). 

sábado, 21 de marzo de 2020

PEQUEÑA CATEQUESIS SOBRE LA INDULGENCIA - Cuando decimos “yo creo” a cuerpo entero.

Anonimo, Orante, Siglo IV, Tarragona (España)

La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia... (Catecismo de la Iglesia Católica 1471). 

No es fácil explicar que es la indulgencia. Empezamos por sus efectos. 
El pecado además de herir nuestra amistad con Dios deca consecuencias en nosotros, en los demás, en la Iglesia y en la sociedad. 

Ejemplo fácil se puede hacer con el robo. Quien roba hace algo malo por si mismo, algo no deseado por Dios, pero al mismo tiempo deja la víctima mas pobre y lleva en sus manos algo que no le pertenece. 

El pedido de perdón – por medio del Sacramento de la Reconciliación, de la Santa Unción o por medio del deseo de los mismos con el compromiso de celebrarlos cuan pronto sea posible – restaura la relación con Dios pero aún deja la herida en el hermano y en si mismo. 
En el caso del robo un arrepentimiento sincero debería llevar a la devolución o a la reparación. 

Todo se complica cuando nuestros pecados generan consecuencias irreversible. El homicida no puede resucitar la víctima o lo robado no se puede devolver. Ni que hablar cuando el pecado hiere la interioridad de las personas y la cicatriz interior recuerda para siempre el daño hecho. 

Por eso la Iglesia en su sabiduría nos ofrece las indulgencias. 

Las indulgencias son practicas por medio de las cuales quien tiene conciencia de su pecado y de las heridas que esto dejó intenta sanarlas. Muchas veces la sanación no puede ser directa sino un aporte al gran tesoro de bien que como discípulos de Jesús resucitado y glorioso compartimos. 

Parece remonte a un antiguo proverbio chino la primera conciencia del efecto mariposa: 
🦋
el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo. 

La indulgencia es el leve aleteo de alas de un discípulo de Jesús que quiere reparar sus faltas confiados que en otro lado del mundo alguien podrás beneficiar de eso.

Si no se puede devolver lo robado se puede cumplir un gesto solidario para que la injusta riqueza conseguida no quede con quien no debería poseerla. Si no se puede – por ahora – restaurar una relación fallida se puede comprometerse en mejorar las otras amistades y ojalá que otros aprendan como no caer en el mismo error. 

Este “efecto mariposa” en la fe, la tradición de la Iglesia lo llama: comunión de los Santos. 
Santo es Dios pero su santidad se comparte en personas que eligen ser cada día mas un aleteo de su bondad. 

La Iglesia guiada por el papa Francisco anuncia una indulgencia en tiempo de enfermedad. La Iglesia quiere hacer cocientes que quien sufre la enfermedad causada por el Covid19, quien los cuida con valentía en cualquier forma, también quien reza por ellos está colaborando al bien de todos en las formas y los tiempos que solo Dios sabe. 

Drama en el drama de esta enfermedad es no poder visitar quien la padece. 

¿Como vivir la invitación de Jesús: estaba enfermo y me visitaron (Mt 25, 36) si no soy ni medico, ni enfermero ni otro profesional de la salud? 

Rezando intensamente y dejando que los aleteos de mi oración sean llevados por Dios donde mas se necesitan. 

La indulgencia no es practica intelectual o sentimental es practica de cuerpo. 

Es hacer algo para el bien del mundo también cuando solamente es posible rezar. Es consumarse rodillas, es gastar los granos del Rosario, es renunciar a tiempo de sueño, es practicar un ayuno, es ofrecer una renuncia (y cada uno sabe cual es la mas sincera). 

La practica de la indulgencia se puede comparar en los deportes de equipo al sacrificio que cada atleta particular está llamado en hacer para que sea el equipo entero que gane. 

¡Indulgencia es decir “creo” a cuerpo entero!

Pietro Perugino, Entrega de las llaves a san Pietro, Roma (Capilla Sixtina), 1481/2.

Decreto de la Penitenciaría Apostólica 
Se concede el don de Indulgencias especiales a los fieles 
  • que sufren la enfermedad de Covid-19, comúnmente conocida como Coronavirus, 
  • así como a los trabajadores de la salud, 
  • a los familiares 
  • y a todos aquellos que, en cualquier calidad, los cuidan.


“Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración”(Rom 12,12). 
Las palabras escritas por San Pablo a la Iglesia de Roma resuenan a lo largo de toda la historia de la Iglesia y orientan el juicio de los fieles ante cada sufrimiento, enfermedad y calamidad.
El momento actual que atraviesa la humanidad entera, amenazada por una enfermedad invisible e insidiosa, que desde hace tiempo ha entrado con prepotencia a formar parte de la vida de todos, está jalonado día tras día por angustiosos temores, nuevas incertidumbres y, sobre todo, por un sufrimiento físico y moral generalizado.

La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Divino Maestro, siempre se ha preocupado de cuidar a los enfermos. 

Como indicaba San Juan Pablo II, el valor del sufrimiento humano es doble: 
"Sobrenatural y a la vez humano. 
Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, 
y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión." (Carta Apostólica Salvifici Doloris, 31).

También el Papa Francisco, en estos últimos días, ha manifestado su cercanía paternal y ha renovado su invitación a rezar incesantemente por los enfermos de Coronavirus.
Para que todos los que sufren a causa del Covid-19, precisamente en el misterio de este padecer, puedan redescubrir "el mismo sufrimiento redentor de Cristo" (ibíd., 30), esta Penitenciaría Apostólica, ex auctoritate Summi Pontificis, confiando en la palabra de Cristo Señor y considerando con espíritu de fe la epidemia actualmente en curso, para vivirla con espíritu de conversión personal, concede el don de las Indulgencias de acuerdo con la siguiente disposición.

Se concede la Indulgencia plenaria a los fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas si, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se unen espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, a la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), apenas les sea posible.

Los agentes sanitarios, los familiares y todos aquellos que, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio, cuidan de los enfermos de Coronavirus según las palabras del divino Redentor: "Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida por sus amigos" (Jn 15,13), obtendrán el mismo don de la Indulgencia Plenaria en las mismas condiciones.

Esta Penitenciaría Apostólica, además, concede de buen grado, en las mismas condiciones, la Indulgencia Plenaria con ocasión de la actual epidemia mundial, también a aquellos fieles que ofrezcan la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.

La Iglesia reza por los que estén imposibilitado de recibir el sacramento de la Unción de los enfermos y el Viático, encomendando a todos y cada uno de ellos a la Divina Misericordia en virtud de la comunión de los santos y concede a los fieles la Indulgencia plenaria en punto de muerte siempre que estén debidamente dispuestos y hayan rezado durante su vida algunas oraciones (en este caso la Iglesia suple a las tres condiciones habituales requeridas). Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz.

Que la Santísima Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, Salud de los Enfermos y Auxilio de los Cristianos, Abogada nuestra, socorra a la humanidad doliente, ahuyentando de nosotros el mal de esta pandemia y obteniendo todo bien necesario para nuestra salvación y santificación.

Dado en Roma, el 19 de marzo de 2020.