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jueves, 30 de abril de 2020

ORACIÓN DEL ROSARIO en la pandemia de COVID-19 (Mayo 2020)



Hace CLICK en las imágenes y encontrarás como rezar el Rosario (Imágenes de arriba)
o donde escuchar el Rosario (Imagen de abajo).

Al final del ROSARIO ofrece una 
entre estas dos oraciones 
propuestas por el papa Francisco:

Oración a María
Oh María,
tú resplandeces siempre en nuestro camino
como un signo de salvación y esperanza.
A ti nos encomendamos, Salud de los enfermos,
que al pie de la cruz fuiste asociada al dolor de Jesús,
manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del pueblo romano,
sabes lo que necesitamos
y estamos seguros de que lo concederás
para que, como en Caná de Galilea,
vuelvan la alegría y la fiesta
después de esta prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor,
a conformarnos a la voluntad del Padre
y hacer lo que Jesús nos dirá,
Él que tomó nuestro sufrimiento sobre sí mismo
y se cargó de nuestros dolores
para guiarnos a través de la cruz,
a la alegría de la resurrección. Amén.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies nuestras súplicas en las necesidades,
antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.

Oración a Maria
«Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios».
En la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, Madre de Dios y Madre nuestra, y buscamos refugio bajo tu protección.
Oh Virgen María, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos en esta pandemia de coronavirus, y consuela a los que se encuentran confundidos y lloran por la pérdida de sus seres queridos, a veces sepultados de un modo que hiere el alma. 
Sostiene a aquellos que están angustiados porque, para evitar el contagio, no pueden estar cerca de las personas enfermas. Infunde confianza a quienes viven en el temor de un futuro incierto y de las consecuencias en la economía y en el trabajo.
Madre de Dios y Madre nuestra, implora al Padre de misericordia que esta dura prueba termine y que volvamos a encontrar un horizonte de esperanza y de paz. Como en Caná, intercede ante tu Divino Hijo, pidiéndole que consuele a las familias de los enfermos y de las víctimas, y que abra sus corazones a la esperanza.
Protege a los médicos, a los enfermeros, al personal sanitario, a los voluntarios que en este periodo de emergencia combaten en primera línea y arriesgan sus vidas para salvar otras vidas. Acompaña su heroico esfuerzo y concédeles fuerza, bondad y salud.
Permanece junto a quienes asisten, noche y día, a los enfermos, y a los sacerdotes que, con solicitud pastoral y compromiso evangélico, tratan de ayudar y sostener a todos.
Virgen Santa, ilumina las mentes de los hombres y mujeres de ciencia, para que encuentren las soluciones adecuadas y se venza este virus.
Asiste a los líderes de las naciones, para que actúen con sabiduría, diligencia y generosidad, socorriendo a los que carecen de lo necesario para vivir, planificando soluciones sociales y económicas de largo alcance y con un espíritu de solidaridad.
Santa María, toca las conciencias para que las grandes sumas de dinero utilizadas en la incrementación y en el perfeccionamiento de armamentos sean destinadas a promover estudios adecuados para la prevención de futuras catástrofes similares.
Madre amantísima, acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria. Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio y la constancia en la oración.
Oh María, Consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de esta terrible epidemia y que la vida pueda reanudar su curso normal con serenidad.
Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. 
¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A TODOS LOS FIELES PARA EL MES DE MAYO DE 2020

Queridos hermanos y hermanas:
Se aproxima el mes de mayo, en el que el pueblo de Dios manifiesta con particular intensidad su amor y devoción a la Virgen María. 
En este mes, es tradición rezar el Rosario en casa, con la familia. 
Las restricciones de la pandemia nos han “obligado” a valorizar esta dimensión doméstica, también desde un punto de vista espiritual.
 Por eso, he pensado proponerles a todos que redescubramos la belleza de rezar el Rosario en casa durante el mes de mayo.
Ustedes pueden elegir, según la situación, rezarlo juntos o de manera personal, apreciando lo bueno de ambas posibilidades. 
Pero, en cualquier caso, hay un secreto para hacerlo: la sencillez; y es fácil encontrar, incluso en internet, buenos esquemas de oración para seguir.
Además, les ofrezco dos textos de oraciones a la Virgen que pueden recitar al final del Rosario, y que yo mismo diré durante el mes de mayo, unido espiritualmente a ustedes. Los adjunto a esta carta para que estén a disposición de todos.
Queridos hermanos y hermanas: 
Contemplar juntos el rostro de Cristo con el corazón de María, nuestra Madre, nos unirá todavía más como familia espiritual y nos ayudará a superar esta prueba. Rezaré por ustedes, especialmente por los que más sufren, y ustedes, por favor, recen por mí. Les agradezco y los bendigo de corazón.
Roma, San Juan de Letrán, 25 de abril de 2020
Fiesta de san Marcos, evangelista

Francisco

miércoles, 29 de abril de 2020

Las familias en tiempo de COVID-19 – 3 – Desafío tres y cuatro: RELACIONES/ conclusiones

De Raffaella Iafrate (Universidad Católica de Milán – Italia) 
Desgrabación y traducción desde el Italiano por Marco Bottoni no confirmada por la autora. 

Podríamos ubicar cuatro desafíos que podemos enfrentar con recursos generativos a nuestro alcance. 

Como nos recordó papa Francisco 
no pensemos solamente a lo que falta 
sino al bien que podemos hacer. 


Tercer desafío: 
relaciones intimas. 
La perdida por el Covid19 tiene a que ver con las relaciones mas intimas. 
No se puede consolar con gestos de afectos porque quita el contacto corporal. Quita la experiencia del cuerpo anulando los cinco sentidos que son el contacto con los demás y nos permiten realizar nuestra naturaleza en relación. 
El Covid quita olfato y gusto, obstaculiza el tacto (abrazos, besos, caricias) amenaza el oído y la vista aislando y desarraigando las personas de sus relaciones. Amenaza el ser humano como persona entera hecha por cuerpo y espíritu. 
¿Cual respuesta fecunda frente a este desafío?
Una vez más a las generaciones mas jóvenes se pide contestar a este desafío haciendo visible lo invisible, devolviendo el cuerpo a lo que fue disociado, ayudando la recuperación de la unidad de la persona amenazada por el virus. 
Cuando tacto, olfato, gusto son vetados – por lo menos entre los alejados, mientras no es una casualidad que en los hogares se ha vuelto a cocinar con mucha pasión – devolver un cuerpo a lo que corre el riesgo de no tenerlo es posible con vista y oído. 
Vista y oído que son los sentidos mas frágiles en los mayores. 
Los medios con los cuales sobre todo los jóvenes son mas expertos, las nuevas tecnologías como los celulares, las tabletas, las computadora pero también las formas mas familiares como las fotos, los videos, la música son herramienta preciosas para tener con vida los sentidos... y los mas jóvenes son hábiles en utilizarlos. 
La tabletas para las videollamadas desde los hospitales, hijos y nietos que llaman los padres o los abuelos a la misma hora todos los días, el enfermero que toca guitarra para los internados en un hogar para ancianos, la música cantada y sonada para llenar los silencios son ejemplos de esto. 

Cuarto desafío: 
relaciones sociales.
Vemos por fin una cuarta característica de la perdida Covid. 
Es una perdida que destroza las relaciones sociales. 
No hay ritos sino condena al aislamiento social. 
Se muere sin ritos que desde siempre protegen y donan consolación a la gente porque permiten compartir el dolor. Parece una paradoja, la muerte que en las ultimas décadas fue tan excluida, privatizada, expulsada por la sociedad hoy por si misma se esconde haciendo invisible a los ojos y al corazón el pasaje final de la existencia y subrayado aún mas la ausencia de las relaciones comunitarias. 
Se muere en soledad, sin las redes de parientes y amigos que desde siempre acompañan y son las herramienta que mantiene despierto el agradecimiento por los dones recibidos en la vida. El agradecimiento contrasta la perdida y trasforma hasta el final de la vida en un momento generativo. 
¿Cual la respuesta generativa, el recurso que podemos jugar para responder a este desafío? 
Será importante encontrar formas para ritualizar las perdidas elaborando así los duelos que los ancianos y sus familias vivieron. 
Ahora con los medios posibles: oración, recuerdos compartidos, imágenes enviadas, participación a ritos religiosos en los medios, lecturas para cuidar el espíritu. 
Sobre todo en futuro habrá que pensar celebraciones comunitarias a la memoria. Desde ya hay que fijar fecha (por ejemplo el primer aniversario) para que no sea solamente una intención. 
Los jóvenes y los adultos pueden encontrar otros medios para que los mas ancianos elaboren el duelo. Invitarlos para que se hable de los que han muerto. Cuidar el recuerdo de los que ya no están por medio de la memoria y de la narración puede encarnar y consentir que se vuelva a simbolizar las relaciones. 
La nostalgia puede despertar de vuelta el sufrimiento pero al mismo tiempo hace mas humanos los humanos. 
Cuanto más este cuidado de la memoria es compartido en una familia tanto más se puede ayudar – tanto jóvenes como mayores – a percibir que una perdida es una prueba dura pero las relaciones siguen más allá de la muerte. 

Daniela Hernández,  Conversación (2020).
La profesional Daniela Hernández Daniela Hernández Fotografía logró el primer premio en el concurso “La cuarentena”, organizado por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República y en el marco de la emergencia sanitaria que atraviesa nuestro país y el mundo debido al Covid- 19.
Al mismo se presentaron 323 participantes de varios rincones del Uruguay y de otros país del mundo. “Conversación” el registro fotográfico con el que se presentó la profesional, fue captado en el Hogar Frauenverein de Nueva Helvecia.

Concluyendo.
Contestando a estos desafíos el tiempo que vivimos puede ser fecundo. 
Para los mas jóvenes es una oportunidad para entender que la vida no es solo recibir sino también dar y devolver, y así se crece. 
Para la sociedad, nuestra sociedad omnipotente, auto-definida, que piensa poder dominar todo, es una oportunidad para pensar lo que no se suele pensar y entender que los limites y las fragilidades son mas grandes de lo que pensamos. 
En todos esta conciencia puede despertar la pietas (piedad – ser bondadosos) que nace reconociendo la común fragilidad y hace mas iguales y cercanos los seres humanos. 
Termino recordando que esta experiencia es al mismo tiempo familiar y social. 
En las familias como en la comunidad estamos viendo un mundo viejo que deja lugar a un mundo nuevo. Ya tenemos nostalgia de los que han muerto, todavía no sabemos cuanto lo extrañamos ahora y en futuro. Sabemos que el mundo que vendrá será la herencia que nos dejaron. 
En la mano de los mas jóvenes puede estar – esperamos – un futuro mas capaz de reconocer en el limite y en la relación unas dimensiones fundamentales de la vida y de la sobre-vivencia de la humanidad. 
Todo esto marca la diferencia entre lo incompleto del tiempo colgado que el Covid lleva consigo y el todo se ha cumplido (Juan 19, 30) que solamente en la hondura de las relaciones humanas y del objetivo fecundo de la vida y también de su fin se puede y se logra pronunciar. 

martes, 28 de abril de 2020

Las familias en tiempo de COVID-19 – 2 – Desafío uno: EL ESPACIO/Desafío dos: EL TIEMPO

De Raffaella Iafrate (Universidad Católica de Milán – Italia) 
Desgrabación y traducción desde el Italiano por Marco Bottoni no confirmada por la autora.

Salvador Dalí, La persistencia de la memoria (1931), Nueva York, MOMA.

Podríamos decir que la diferencia son las característica de la perdida que el Covid19 lleva consigo. 
Podríamos ubicar cuatro desafíos que podemos enfrentar con recursos generativos a nuestro alcance. 

Como nos recordó papa Francisco 
no pensemos solamente a lo que falta sino al bien que podemos hacer. 


Primer desafío: 
la perdida generada por el Covid abarca todo el espacio.


No es parcial sino global, ocupa toda la cancha porque es una perdida colectiva que abarca una entera generación. Genera un vacío en la vida de los mayores que escuchan la noticia de la muerte de conocidos o coetáneos con los cuales se había compartido la historia de las ultimas décadas. 
Es una perdida que abarca el espacio. 

¿Cual respuesta fecunda a este desafío? 

A una grande perdida que es muerte debemos contestar con una gratitud por la vida del mismo tamaño. En esto están convocadas las generaciones más jóvenes: los hijos, aún más los nietos llamados a llenar de gratitud este espacio ocupado por la perdida. 

Cuidar la gratitud. 
Una cura que escapa a las lógicas de mercado sino se expresa en actitudes solidarias y en el deseo de corresponder al don de la vida. Don recibido por los padres. Deseo de corresponder a los afectos y a los cuidados recibidos por los abuelos. Regalos importantes y preciosos en el camino de crecimiento. 
Es el tiempo en el cual los mas jóvenes pueden mostrar su gratitud a las generaciones que los precedieron, una oportunidad para dar la vuelta a la costumbre de vivir en forma pasiva, la oportunidad de mostrar que la vida es mas fuerte que la muerte y que la gratitud puede hacer mas llevadera la perdida. 

Segundo desafío: 
el tiempo.


La perdida por el Covid19 tiene a que ver con el tiempo. 
No llega esperada y con medida sino aplasta, no deja tiempo para pensarla, acontece en una emergencia que quita el aliento (y no es una metáfora), en un contexto agitado, muy agitado. 

¿Cual puede ser la respuesta fecunda a esta perdida?

Podríamos decir que a la tiranía del tiempo cruel de la emergencia, un kronos que se come sus hijos sin dejar espacio para pensar, es necesario proponer de vuelta un tiempo de gracia, un Kairos, un tiempo que – sin negar – devuelve dignidad al sufrimiento recuperando dignidad, reflexión, conciencia por lo que pasó, devolver sentido también a los eventos mas sufridos. 

Nunca es demasiado tarde para recortarse un tiempo para repensar a lo que pasó para volver a los mismos, para tomar conciencia y no dejar que sea la angustia que nos domine. 


lunes, 27 de abril de 2020

Las familias en tiempo de COVID-19 – 1 – LAS PERDIDAS

De Raffaella Iafrate (Universidad Católica de Milán – Italia) 
Desgrabación y traducción desde el Italiano por Marco Bottoni no confirmada por la autora. 

Gian Lorenzo Bernini (Italia, 1598-1680) - Eneas, Anquises, 1618-19. 
Representación de Eneas huyendo de Troya llevando sobre sus hombros a su padre Anquises.

¿Que revela la preocupación por los adultos mayores que abarca todos y que ha desequilibrado los sistemas políticos, sanitarios y económicos de todo el mundo? 

Como modernos Eneas con su anciano padre Anquises todos cargamos en los hombros a padres, abuelos, amigos frágiles con una atención y una dedicación que hasta ahora no habíamos conocido. 

Un intento de respuesta empieza por una premisa: 
generalmente en la vida de una familia el complicado pasaje a la ancianidad es definido por tres claves fundamentales: 
  1. Perdida
  2. Gratitud y reconocer
  3. Herencia generativa

Es inevitable que en el vida de los ancianos y de sus familias se haga experiencia fuerte de perdidas. Tantas tipologías de perdidas que tienen a que ver con el anciano y al mismo tiempo las personas que viven e interactúan con él. 
Hay una perdida del enfoque social con la salida del trabajo, 
hay una perdida del enfoque familiar con la salida del hogar de los hijos, 
hay una perdida de la salud con las primeras enfermedades, 
hay una perdida final de la vida de personas de la misma generación, de los cónyuges, de los parientes hasta perder la propia vida. 

A pesar de todo eso la perdida no ocupa todo el escenario. 

La edad de la vejez es al mismo tiempo la edad del agradecimiento, el tiempo en el cual hacer un balance de nuestra existencia y recuperar el sentido del tiempo e de las relaciones. 

Por eso – si no se deja paso a la tentación de dejarnos aplastar por las perdidas sino se atribuye valor a la gratitud por lo que la vida ha donado – todos los eventos (jubilación, salir abuelos, hasta la enfermedad y la muerte) pueden ser vividos como una perdida no total sino como un miedo que puede transformarse en una experiencia de generación. 

Se puede alcanzar el objetivo generativo de la vejez que es el paso de la posta, el paso de las herencias materiales y morales a las nuevas generaciones que deberán llevar en adelante el mundo. 

¿Que pasa ahora con la aparición del CoronaVirus en nuestras existencias? 
¿Que pasa a los mayores y a sus familias? 
¿Cual es hoy el desafío al equilibrio entre el sentido dela perdida y el sentido de gratitud? 
¿Cual es la amenaza al éxito generativo de esta transición?

Podríamos decir que la diferencia son las característica de la perdida que el Covid19 lleva consigo. 
Podríamos ubicar cuatro desafíos que podemos enfrentar con recursos generativos a nuestro alcance. 

Como nos recordó papa Francisco 
no pensemos solamente a lo que falta 
sino al bien que podemos hacer. 

(...sigue...)


viernes, 10 de abril de 2020

#QuedateEnCasa - VIERNES SANTO ¿Quién soy yo para que Cristo muera por mí?


Entre las muchas palabras de este Viernes Santo pasado en las casas le dejo la reflexión ecrita por una persona detenida comentando la septima estación del Via Crucis (Jesús cae por segunda vez). 
La misma fue leída en el Vía Crucis rezado por el papa Francisco en Roma en la plaza de san Pedro desierta. 

Cuando pasaba delante de una cárcel, miraba para otro lado: “Bueno, yo no acabaré nunca ahí dentro”, me decía a mí mismo. Las veces que la miraba respiraba tristeza y oscuridad, me parecía que pasaba junto a un cementerio de muertos vivientes. Un día acabé entre rejas, junto con mi hermano. Como si no fuera suficiente, también conduje allí dentro a mi padre y a mi madre. La cárcel, que era para mí como un país extranjero, se convirtió en nuestra casa. En una celda estábamos nosotros, los hombres, en otra nuestra madre. Los miraba, sentía vergüenza de mí mismo, ya no podía llamarme hombre. Están envejeciendo en la prisión por mi culpa. 
Caí en tierra dos veces. La primera cuando el mal me cautivó y yo sucumbí. Traficar con droga, en mi opinión, valía más que el trabajo de mi padre, que se deslomaba diez horas al día. La segunda fue cuando, después de haber arruinado a la familia, empecé a preguntarme: 
¿Quién soy yo para que Cristo muera por mí?”. 
El grito de Jesús —«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»— lo leo en los ojos de mi madre, que asumió la vergüenza de todos los hombres de la casa para salvar a la familia. Y tiene el rostro de mi padre que se desesperaba de manera escondida en la celda. Sólo ahora soy capaz de admitirlo; en aquellos años no sabía lo que hacía. Ahora que lo sé, con la ayuda de Dios estoy intentando reconstruir mi vida. Lo debo a mis padres, que años atrás subastaron nuestras cosas más queridas porque no querían que estuviese en la calle. Lo debo sobre todo a mí mismo, pues la idea de que el mal siga controlan- do mi vida es insoportable. Esto se ha convertido en mi vía crucis


Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte (Lc23,34). 

Señor Jesús, estás otra vez caído por tierra, fatigado por mi apego al mal, por mi miedo a no lograr ser una persona mejor. Con fe nos dirigimos a tu Padre y le pedimos por todos los que todavía no han podido huir del poder de Satanás, del atractivo de sus obras y de sus mil formas de seducción.

martes, 31 de marzo de 2020

#QuedateEnCasa - Lo que no gusta anunciar...

😢
Me quedo un día mas leyendo el discurso con el cual papa Francisco acompañó el pasado viernes la oración por el fin de epidemia. 

Hoy debo anunciar lo que nadie desea:
será prudente no reunirnos en ninguna forma por la bendición de las ramas en el Domingo que precede la Pascua. 

¡Qué triste! ¡Cuantas personas lo esperan! 

Como cura me entristece mas porque es uno de los días en los cuales mas gozo en ver a tantos que encuentran consuelo acompañando Jesús en su pasión. 

Pero este año es mas prudente así. 
Muchos – según tradición – me llaman padre y un padre debe saber decir hasta el incomodo. 

En su discurso papa Francisco recuerda: 
No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio...

A mi juicio el próximo domino quedará en la memoria como algo que ha faltado. 

¿Y en el juicio de Dios? 
Solamente lo escucho recordarme: 

Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura.
No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.
(Lucas 12, 31 – 32)



Papa Francisco, Oración en tiempo de epidemia, 27 de marzo de 2020.

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Marco (4, 35 – 41) 

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: 
«¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».
Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen».

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. 
Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. 
Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos con esta historia, 
lo difícil es entender la actitud de Jesús.
Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).
Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).
No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. 
Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.
La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). 
Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección.
No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: 
el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. 
Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. 
La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»
El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. 
Porque esta es la fuerza de Dios: 
convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo.

Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. 

  • Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. 
  • Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. 
  • Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 
En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1Pe 5,7).

lunes, 30 de marzo de 2020

#QuedateEnCasa TERCERA SEMANA : Abrazar su Cruz... es darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar.



Empezamos la tercera semana de aislamiento. 

#QuedateEnCasa 

Por muchos lados vemos juntos con quien no da paso a los consejos quien empieza a sentir su pesadumbre que muchas veces puede motivar peligrosas desatenciones. 

Vuelvo a leer el discurso que dio papa Francisco el pasado viernes en su dolida oración en tiempos de epidemia. 

Encuentro consolación en una frase entre las muchas que merecerían bajar poco a poco en el corazón: 

Abrazar su Cruz... es darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar.

Abrazar la cruz es creatividad. 

Creo que lo necesitemos... que el Espíritu que Jesús sopló desde su Cruz nos done creatividad para que estos días aislados no sean vacío sino tiempo de Dios, tiempo para bien. 




Papa Francisco, Oración en tiempo de epidemia, 27 de marzo de 2020.

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Marco 
(4, 35 – 41) 

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: 
«¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».
Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen».



«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. 
Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. 
Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos con esta historia, 
lo difícil es entender la actitud de Jesús.
Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).
Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).
No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. 
Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.
La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). 
Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección.
No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: 
el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. 
Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. 
La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»
El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. 
Porque esta es la fuerza de Dios: 
convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo.

Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. 

  • Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. 
  • Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. 
  • Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 
En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1Pe 5,7).