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miércoles, 29 de abril de 2020

Las familias en tiempo de COVID-19 – 3 – Desafío tres y cuatro: RELACIONES/ conclusiones

De Raffaella Iafrate (Universidad Católica de Milán – Italia) 
Desgrabación y traducción desde el Italiano por Marco Bottoni no confirmada por la autora. 

Podríamos ubicar cuatro desafíos que podemos enfrentar con recursos generativos a nuestro alcance. 

Como nos recordó papa Francisco 
no pensemos solamente a lo que falta 
sino al bien que podemos hacer. 


Tercer desafío: 
relaciones intimas. 
La perdida por el Covid19 tiene a que ver con las relaciones mas intimas. 
No se puede consolar con gestos de afectos porque quita el contacto corporal. Quita la experiencia del cuerpo anulando los cinco sentidos que son el contacto con los demás y nos permiten realizar nuestra naturaleza en relación. 
El Covid quita olfato y gusto, obstaculiza el tacto (abrazos, besos, caricias) amenaza el oído y la vista aislando y desarraigando las personas de sus relaciones. Amenaza el ser humano como persona entera hecha por cuerpo y espíritu. 
¿Cual respuesta fecunda frente a este desafío?
Una vez más a las generaciones mas jóvenes se pide contestar a este desafío haciendo visible lo invisible, devolviendo el cuerpo a lo que fue disociado, ayudando la recuperación de la unidad de la persona amenazada por el virus. 
Cuando tacto, olfato, gusto son vetados – por lo menos entre los alejados, mientras no es una casualidad que en los hogares se ha vuelto a cocinar con mucha pasión – devolver un cuerpo a lo que corre el riesgo de no tenerlo es posible con vista y oído. 
Vista y oído que son los sentidos mas frágiles en los mayores. 
Los medios con los cuales sobre todo los jóvenes son mas expertos, las nuevas tecnologías como los celulares, las tabletas, las computadora pero también las formas mas familiares como las fotos, los videos, la música son herramienta preciosas para tener con vida los sentidos... y los mas jóvenes son hábiles en utilizarlos. 
La tabletas para las videollamadas desde los hospitales, hijos y nietos que llaman los padres o los abuelos a la misma hora todos los días, el enfermero que toca guitarra para los internados en un hogar para ancianos, la música cantada y sonada para llenar los silencios son ejemplos de esto. 

Cuarto desafío: 
relaciones sociales.
Vemos por fin una cuarta característica de la perdida Covid. 
Es una perdida que destroza las relaciones sociales. 
No hay ritos sino condena al aislamiento social. 
Se muere sin ritos que desde siempre protegen y donan consolación a la gente porque permiten compartir el dolor. Parece una paradoja, la muerte que en las ultimas décadas fue tan excluida, privatizada, expulsada por la sociedad hoy por si misma se esconde haciendo invisible a los ojos y al corazón el pasaje final de la existencia y subrayado aún mas la ausencia de las relaciones comunitarias. 
Se muere en soledad, sin las redes de parientes y amigos que desde siempre acompañan y son las herramienta que mantiene despierto el agradecimiento por los dones recibidos en la vida. El agradecimiento contrasta la perdida y trasforma hasta el final de la vida en un momento generativo. 
¿Cual la respuesta generativa, el recurso que podemos jugar para responder a este desafío? 
Será importante encontrar formas para ritualizar las perdidas elaborando así los duelos que los ancianos y sus familias vivieron. 
Ahora con los medios posibles: oración, recuerdos compartidos, imágenes enviadas, participación a ritos religiosos en los medios, lecturas para cuidar el espíritu. 
Sobre todo en futuro habrá que pensar celebraciones comunitarias a la memoria. Desde ya hay que fijar fecha (por ejemplo el primer aniversario) para que no sea solamente una intención. 
Los jóvenes y los adultos pueden encontrar otros medios para que los mas ancianos elaboren el duelo. Invitarlos para que se hable de los que han muerto. Cuidar el recuerdo de los que ya no están por medio de la memoria y de la narración puede encarnar y consentir que se vuelva a simbolizar las relaciones. 
La nostalgia puede despertar de vuelta el sufrimiento pero al mismo tiempo hace mas humanos los humanos. 
Cuanto más este cuidado de la memoria es compartido en una familia tanto más se puede ayudar – tanto jóvenes como mayores – a percibir que una perdida es una prueba dura pero las relaciones siguen más allá de la muerte. 

Daniela Hernández,  Conversación (2020).
La profesional Daniela Hernández Daniela Hernández Fotografía logró el primer premio en el concurso “La cuarentena”, organizado por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República y en el marco de la emergencia sanitaria que atraviesa nuestro país y el mundo debido al Covid- 19.
Al mismo se presentaron 323 participantes de varios rincones del Uruguay y de otros país del mundo. “Conversación” el registro fotográfico con el que se presentó la profesional, fue captado en el Hogar Frauenverein de Nueva Helvecia.

Concluyendo.
Contestando a estos desafíos el tiempo que vivimos puede ser fecundo. 
Para los mas jóvenes es una oportunidad para entender que la vida no es solo recibir sino también dar y devolver, y así se crece. 
Para la sociedad, nuestra sociedad omnipotente, auto-definida, que piensa poder dominar todo, es una oportunidad para pensar lo que no se suele pensar y entender que los limites y las fragilidades son mas grandes de lo que pensamos. 
En todos esta conciencia puede despertar la pietas (piedad – ser bondadosos) que nace reconociendo la común fragilidad y hace mas iguales y cercanos los seres humanos. 
Termino recordando que esta experiencia es al mismo tiempo familiar y social. 
En las familias como en la comunidad estamos viendo un mundo viejo que deja lugar a un mundo nuevo. Ya tenemos nostalgia de los que han muerto, todavía no sabemos cuanto lo extrañamos ahora y en futuro. Sabemos que el mundo que vendrá será la herencia que nos dejaron. 
En la mano de los mas jóvenes puede estar – esperamos – un futuro mas capaz de reconocer en el limite y en la relación unas dimensiones fundamentales de la vida y de la sobre-vivencia de la humanidad. 
Todo esto marca la diferencia entre lo incompleto del tiempo colgado que el Covid lleva consigo y el todo se ha cumplido (Juan 19, 30) que solamente en la hondura de las relaciones humanas y del objetivo fecundo de la vida y también de su fin se puede y se logra pronunciar. 

lunes, 30 de marzo de 2020

#QuedateEnCasa TERCERA SEMANA : Abrazar su Cruz... es darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar.



Empezamos la tercera semana de aislamiento. 

#QuedateEnCasa 

Por muchos lados vemos juntos con quien no da paso a los consejos quien empieza a sentir su pesadumbre que muchas veces puede motivar peligrosas desatenciones. 

Vuelvo a leer el discurso que dio papa Francisco el pasado viernes en su dolida oración en tiempos de epidemia. 

Encuentro consolación en una frase entre las muchas que merecerían bajar poco a poco en el corazón: 

Abrazar su Cruz... es darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar.

Abrazar la cruz es creatividad. 

Creo que lo necesitemos... que el Espíritu que Jesús sopló desde su Cruz nos done creatividad para que estos días aislados no sean vacío sino tiempo de Dios, tiempo para bien. 




Papa Francisco, Oración en tiempo de epidemia, 27 de marzo de 2020.

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Marco 
(4, 35 – 41) 

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: 
«¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».
Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen».



«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. 
Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. 
Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos con esta historia, 
lo difícil es entender la actitud de Jesús.
Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).
Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).
No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. 
Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.
La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). 
Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección.
No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: 
el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. 
Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. 
La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»
El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. 
Porque esta es la fuerza de Dios: 
convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo.

Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. 

  • Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. 
  • Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. 
  • Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 
En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1Pe 5,7).

domingo, 29 de marzo de 2020

HOMILÍA: Juan 11, 1 – 41. Quinto domingo de Cuaresma (29 de marzo de 2020) - Misa sin pueblo presente por emergencia sanitaria


Ya sabemos como san Juan relata los milagros de Jesús y guarda además el debate consiguiente. 
A la palabra milagro prefiere la palabra “signo” algo que en si mismo expresa un sentido mas profundos. 
Encaramos el signo milagroso de la resurrección de Lazaro contemplando el camino de fe de su hermanas. Marta y María maduran por medio de esta experiencia su fe en la la resurrección. 
La dos en tiempos diferentes se encuentran con Jesús y le llevan el dolor por la muerte del hermano pero también la herida de la fe: 
Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. 

Marta que conocemos como mujer activa, llena de iniciativa y gana de hacer salió al encuentro con Jesús. Su duelo está ya elaborado con fe. 
Sé que resucitará en la resurrección del último día. 

El pueblo de Jesús y de Marta había poco a poco madurado la fe en el Dios de la vida como un Dios que resucita y no deja que la muerte sea la ultima palabra. Como muchas intuiciones que, gracias a Dios, el pueblo fue madurando era necesario aclararle y sobre todo darle un rostro. No es lo mismo penar en Dios como padre o pensar en Dios como el padre de Jesús. No es lo mismo esperar solamente que la vida continue o esperar que nuestras vidas continúen haciéndose semejante a la vida de Jesús. 

Yo soy la Resurrección y la Vida. 
Jesús se presenta a Marta y por medio de ella a nosotros como el rostro de la vida que el Padre-Dios desea que continue. 
Decir sencillamente que la vida continúa puede ser hasta algo no deseable. No faltan mitos antiguos donde se muestra una vida mas allá de la muerte peor de la vida que se deja. En un contesto como el mundo antiguo muy trágico no faltaba quien hasta invocaba la muerte como libertadora. 
La novedad de Jesús es anunciar que la vida eterna, la vida que no tendrá fin será una vida que valdrá hasta las cruces que tuvo que cargar: 
El que cree en mi, aunque muera, vivirá. 

Jesús sabe que la muerte no se evita. El creyente puede enfrentarla sufriendo como todos pero con la confianza que la vida continua en una plenitud que imaginamos de lejos contemplando a Jesús. 
En esto puede ayudarnos el camino de fe que Jesús hace con la otra hermana María. María con su actitud mas contemplativa, interior se presenta como la hermana mas dolida, la que mas necesita el consuelo de los conocidos. María queda en la casa encerrada por su dolor. A María aplastada por el dolor, mas cargada de dudas que Marta, Jesús contesta rezando. A María Jesús no da ninguna catequesis sobre la resurrección, esto ya lo había hecho con Marta. Frente a María Jesús llora, se une a su llanto, da paso a su dolor por la muerte del amigo Lazaro. El llanto de Jesús se llena de oración a Dios, un Dios que llama confiadamente Padre. 

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él. 
Así termina el relato. A decir la verdad la casa era de los tres: Marta, Lazaro y María. Pero la que ayuda el camino de fe es María. A pesar que sea Marta que escucha la enseñanza preclara de Jesús es la actitud sumisa, sufrida pero confiada la que ayuda a muchos en creer.
En estos día en los cuales la cuarentena nos invita a rezar solos en nuestras casas extrañando la celebración con los hermanos en la fe pueden ser días parecidos a la experiencia de María que sufre su duelo en oración y logra no tanto una clase de catecismo (por cuanto importante) sino que Jesús se una a su oración. 
Por cuanto ante de ayer fue de gran aliento compartir por los medios la oración con el santo padre Francisco no le escondo cuanto cueste este momento... Justo el viernes leí una oración del papa san Pablo VI que siempre me dejó pensativo y que ahora siento que se está haciendo mi oración: 

¿Quién puede escuchar nuestro lamento una vez más, sino Tú, Dios de la vida y de la muerte? (13 de mayo de 1978). 

Seguimos en oración con Jesús dolido por la muerte de Lazaro como de todos sus amigos que están sufriendo y muriendo en estos días. Rezamos al Dios de la vida y de la muerte, a María que estaba bajo la cruz, a los santos. Pienso en san Luís (del cual nuestro Santuario MTA guarda una estatua) que murió cuidando los enfermos de una epidemia de peste en 1591. A las palabras de san Luís dejo la profesión de fe en Jesús Resurrección y Vida, son palabras tomadas de la carta que Luís dirige a su madre desde su cama de muerte: 

Al morir, (DIOS) nos quita lo que antes nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, y para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos. Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte tu bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas.

lunes, 23 de marzo de 2020

Corazón 💖 retornable












Entre viernes, sábado y domingo en la Parroquia y en muchas Capillas se llevan a cabo las catequesis de los chicos en edad escolar. 
Ahora por lo tanto están suspendidas como las clases. 

Los catequistas – misioneros que no se rinden – entre sábado y domingo han armado y enviado una pequeña catequesis a las familias de los chicos para que en las horas largas de estos días no falte un tiempo dedicado a Jesús. 

Además de ver un video y compartir en familia el mensaje, los chicos estaban invitados a realizar la manualidad de un corazón que dejara un mensaje de esperanza. 

Algunos se animaron hasta a enviar foto... 

Admiramos la ingenua esperanza de los niños, esperanza al fin.

El video que que anima a la manualidad lleva el título ROTO. 

¿Lo que está roto está para tirarse?

Hoy tenemos conciencia que esto es un error. 

Hoy desearíamos que todo fuera “retornable” que pueda ser material de una nueva historia. 

¿Nuestro corazón roto es retornable? 

De una poesía sobre la guerra leída y memorizada en los años de secundaria guardo el recuerdo del ultimo verso: 

Mi corazón es el pueblo mas destruido 
(G. Ungaretti, San Martín del Carso, 1916). 

Gracias a los corazones dibujados por los chicos de catequesis siento que mi corazón roto es retornable... será parte de una nueva historia. 

Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. 
(Juan 12, 24)



domingo, 22 de marzo de 2020

HOMILÍA: Juan 9, 1 – 41. Cuarto domingo de Cuaresma (22 de marzo de 2020) (Misa sin pueblo presente por emergencia sanitaria Covid19)

“...la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura... 

a esta intuición del gran traductor de la Biblia san Jerónimo que ha entrado en la enseñanza tradicional de la Iglesia (Catecismo 94) me atrevo a sumar que la comprensión de la sagrada escritura crece según el contexto del lector. 

Todos vivimos un tiempo de ansia. No me escondo y les confío la preocupación por mi país y mi familia que vive en el mas grande brote actual. 
En esta semana por lo tanto leyendo y rezando con la pagina que la Iglesia sugiere por este domingo me trancaba en los primeros renglones...

Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego? 

En otros contextos habría pasado por arriba esta pregunta. La habría explicada como un residuo histórico antiguo, superado, hasta un poco grosero. El hombre antiguo no podía pensar a nada que no tuviese en Dios su justificación y por lo tanto todo lo que es mal y sufrimiento es consecuencia y salario del pecado. 
No podemos negar que la pregunta vuelve hoy por cuanto vestida con trajes modernos. 

¿Quién tiene la culpa por esta pandemia que el mundo vive? 

¿Cómo es posible que tantas ciencias no supieron prevenirla y parece que tarden en solucionarla? 

Estamos demasiado acostumbrados a tener una respuesta para todo. Pensemos en muchas formas de nuestro hablar... siempre conocemos quien es responsable de las cosas. Hasta frente a la muerte siempre hay la sospecha de un error medico o de un fallo en algún punto del proceso de terapia. La frase casi proverbial: no reaccionó a las terapias hecha la responsabilidad al mismo enfermo que – sin culpa obviamente – no pudo gozar de una terapia que por si misma podía salvarlo. 
Démosle las tonadas que preferimos pero la pregunta hoy se pega a nuestros labio y como un grito de enojo o de suplica sube al cielo: 

Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego? 

Maestro, ¿quién ha pecado, porque en este primer año de la tercera década del siglo XXI la humanidad entera tiene miedo a un parasito invisible? ¿porque tanto conocimiento acumulado no encuentra soluciones? 

Escuchamos la respuesta de Jesús: 

Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de Aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. 

Primero: gracias Jesús. 

El sufrimiento que ahora nos aprieta y nos encierra en las cuarentenas del ansia no es la pena por nuestros pecados, no es una sanción o una prenda que Dios envió. Queda misteriosa la origen del mal pero queda luminosamente claro que hasta en el sufrimiento mas oscuro Dios puede manifestarse... nació así para que se manifestar la obra de Dios. 

Terminada esta afirmación sin explicación alguna Jesús habla sobre un “nosotros” que debemos trabajar en la obra de Aquel que me envió. La obra es de Dios, el trabajo es de mucho es de “nosotros”. 

Por lo tanto vemos la obra de Dios en los tantos trabajadores de la salud que – arriesgando la propia salud – están cuidando los enfermos. Juntos con las marcas del sufrimiento de quien cae enfermo y ahogado por la gripe vemos la marca de la pasión de quien los cuida: sus rostros heridos por los tapabocas que los protegen, sus manos cansadas, sus inteligencias rendidas cuando no se puede hacer nada mas que levantar el teléfono para anunciar lo peor. 

Juntos con las marcas del sufrimiento de quien cae enfermo y ahogado por la gripe vemos la marca de la pasión de quien en estos días en su casas o pasando rápidamente en el Templo o en el Santuario ha rezado hasta consumar los granos del Rosario para que sea leve esta cruz, de quien está ofreciendo hoy el dolor para no poder celebrar el día Domingo, de quien está en espera de saber la evolución de la enfermedad propia o de algún ser querido, por fin las marcas invisibles de la pasión de los tantos que no pudieron abrazar una ultima vez los seres queridos y tuvieron que despedirlos a distancias y en la soledad. 

Por cuanto todo esto es pesado, esta es la obra de Dios a la cual Jesús ahora nos convoca. 

Jesús sigue hablando sobre una noche: 

llega la noche, cuando nadie puede trabajar. 

La referencia segura era a su pasión que sentía cada día mas cercana. Nosotros también estamos condenado a un tiempo de inactividad: son mas las cosas que es mejor no hagamos. 
Cruzamos esta noche esperanzados. Esperanzados porque ya nos parece vislumbrar la luz. Por ahora no es una luz que apague las oscuridades pero cuanto basta para seguir paso a paso. 

Por muchos lados escuchamos decirnos que el camino, nuestro camino de la cruz este año va a ser largo. Lo enfrentamos llevando en el corazón y en los labios la pregunta del centinela sobre que habla el profeta Isaias (profeta de la Navidad y del Viernes Santo): 

Centinela ¿Cuando queda de la noche? (Is 21, 11)... 

y rezamos para que llegue un otro centinela anunciado en la Biblia esta vez por Jeremías el profeta de la alianza nueva y por lo tanto de la mañana de Pascua: 

Así habla el Señor: ... yo suscité por ustedes centinelas: “presten atención...” (Jer 6,17). 

sábado, 21 de marzo de 2020

CATEQUESIS EN FAMILIA PARA NIÑOS: Roto... no para siempre...



Luego de mirar el cortometraje titulado: ROTO 📼

Dialoga 💬 junto con tu familia: 

  1. Nombren los personajes que aparecen

  2. ¿En qué lugar se encuentra la niña al principio? 

  3. ¿Qué comienza a suceder? 

  4. ¿Porque piensas que le sucede eso? 

  5. ¿Quién aparece a brindarle ayuda?

  6. ¿De qué manera le ayuda? 

  7. ¿Cómo reacciona la niña en el momento que le entrega el regalo?

  8. Escribe el mensaje final que aparece en pantalla.


¡Manos 🤲🏼 a la obra!

  • Busca una cartulina o una hoja blanca que no utilices

  • Marca el contorno de un corazón 💖 lo mas grande que puedas

  • Recórtalo 

  • Luego lo completas como quieras con diferentes colores, fibras o pegándole papelitos de colores. 🎨

  • Escribe ✍🏼una palabra o una frase que represente el amor de Jesús. Ejemplo: confianza, fe, esperanza, Él no nos abandona, está con nosotros o lo que desees escribir. También puedes escribir los nombres de los integrantes de tu familia.

    ¡Lo puedes armar como mas te guste!



    Puedes colocarlo en la pared de tu cuarto 
    o en la ventana de tu casa. 

RECUERDA: ¡Jesús te ama!

¡NO OLVIDES! 
Puedes tomar una foto 📸🤳🏼del corazón que confeccionaste y compartirlo con nosotros en los comentarios... 



Cristianos en oración en el día del Señor (22 de marzo de 2020)


Domingo 22 de marzo 2020 
no pudiendo reunirnos para celebrar el Día del Señor 
(causa prevención Covid 19 - Coronavirus)
nos unimos a pesar de las distancias rezando 

el SALMO 90

a las 12 horas.

Como cristianos de diferentes Iglesias 
pero discípulos del Único Dios de la Vida 
pedimos por la liberación de todo mal.

SALMO 90 (89) - Eternidad de Dios y transitoriedad del hombre

Señor, tú has sido nuestro refugio de una generación a otra generación.
Antes de que nacieran los montes y de que formaras la tierra y el mundo; desde los tiempos primeros y hasta los tiempos postreros, ¡tú eres Dios!
Nos devuelves al polvo cuando dices: «¡De vuelta al polvo, seres mortales!»
Para ti, mil años son, en realidad, como el día de ayer, que ya pasó; ¡son como una de las vigilias de la noche!
¡Nos arrebatas como una violenta corriente! ¡Somos etéreos como un sueño! ¡Somos como la hierba que crece en la mañana!
Por la mañana crecemos y florecemos, y por la tarde se nos corta, y nos secamos.
Con tu furor somos consumidos; con tu ira quedamos desconcertados.
Tienes ante ti nuestras maldades; ¡pones al descubierto nuestros pecados!
Nuestra vida declina por causa de tu ira; nuestros años se esfuman como un suspiro.
10 Setenta años son los días de nuestra vida; ochenta años llegan a vivir los más robustos. Pero esa fuerza no es más que trabajos y molestias, pues los años pronto pasan, lo mismo que nosotros.
11 ¿Quién conoce la fuerza de tu ira, y hasta qué punto tu enojo debe ser temido?
12 ¡Enséñanos a contar bien nuestros días, para que en el corazón acumulemos sabiduría!
13 Señor, ¿hasta cuándo te volverás a nosotros? ¡Calma ya tu enojo con tus siervos!
14 ¡Sácianos de tu misericordia al empezar el día, y todos nuestros días cantaremos y estaremos felices!
15 ¡Danos la alegría que no tuvimos todo el tiempo que nos afligiste, todos los años en que experimentamos el mal!
16 ¡Haz que tus obras se manifiesten en tus siervos, y que tu gloria repose sobre sus hijos!
17Señor y Dios nuestro, ¡muéstranos tu bondad y confirma la obra de nuestras manos! ¡Sí, confirma la obra de nuestras manos!

Reina Valera Contemporánea™ © Sociedades Bíblicas Unidas, 2009, 2010.