Escuchaba la oración “A ti bienaventurado José” del papa Leon XIII cuando desde niño llegaba a la capilla por la Misa y algunas señoras estaban terminando de rezar el Rosario. Confieso que no la entendía. Por cuanto pronunciada en mi lengua tenía palabras y formas expresivas que sonaban tan antiguas cuanto el latín. Admito que hoy también no es fácil su lectura.
A pesar de eso – recordando la devoción de aquellas señoras que rezaban el Rosario ante de Misa – encuentro la oración cargada de profunda sabiduría.
No voy a comentarla sencillamente me quedo en su comienzo: A ti... acudimos en nuestra tribulación... solo por eso podemos sentirla actual en estos días de 2020.
¿Porque a san José?
Porque Él sabe las dificultades. Él que recibió a María a pesar de las dificultades y las dudas, quien huyó con su familia y se remangó para llevarla en adelante.
Hoy en su fiesta rezamos confiados... que nos ilumine para salir de esta urgencia.
San José en Catedral de San José de Mayo (Uruguay)
A ti, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación;
y después de invocar el auxilio de tu Santísima Esposa
solicitamos también confiados tu patrocinio.
Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios,
te tuvo unido, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús,
humildemente te suplicamos
vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo,
y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.
Protege, providentísimo Custodio de la Sagrada Familia la escogida descendencia de Jesucristo; aparta de nosotros toda mancha de error y corrupción;
asístenos propicio, desde el cielo, fortísimo libertador nuestro,
en esta lucha con el poder de las tinieblas:
y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de la vida, así ahora,
defiende a la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad,
ya cada uno de nosotros protégenos con el perpetuo patrocinio,
para que, a tu ejemplo y sostenidos por tu auxilio, podamos
santamente vivir
y piadosamente morir
y alcanzar en el cielo la eterna felicidad. Amén.
Leon XIII (1889)
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