Los viernes de la Cuaresma nos invitan a escuchar de vuelta el relato de la pasión de Jesús: por medio de la oración del Vía Crucis o la lectura de los relatos contenidos en los 4 Evangelios.
Hay personas que acompañan a Jesús en el drama como Simón de Cirene, las Mujeres de Jerusalén entre ellas Verónica, su Madre María y las otras mujeres que quedan debajo de la cruz.
La pasión de Jesús pero - como muchas historias de sufrimiento - es historia de soledad.
Se sufre solos.
Por cuanto pueda haber gente cercana, el dolor siempre es algo tan personal, intimo y profundo que genera soledad.
Estamos invitados hace unos días a reducir nuestros contactos sociales.
Si cae pesado pensamos en nuestros hermanos enfermos que luchan por la vida o que se despiden del mundo en soledad.
Pensamos a quien está arriesgando su vida para cuidarlos.
Ofrecemos nuestras soledades como participación a la pasión de muchos con Jesús.
Jesús nos diría: “Podemos hacerlo juntos”.
Se puede…
Chiara Lubich (1920 - 2008)
Reflexión sobre el abandono de Jesús.
Desde el principio comprendimos que todo tiene otra cara, que el árbol tiene sus raíces.
El Evangelio te cubre de amor, pero lo exige todo.
Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere – leemos en San Juan – queda solo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24).
Y la personificación de esto es Jesús crucificado, cuyo fruto fue la redención de la humanidad.
¡Jesús crucificado!
En un episodio de aquellos primeros meses del 1944 tuvimos una nueva comprensión de Él.
En una circunstancia supimos que el dolor mas grande que Jesús había sufrido, y por lo tanto, su mayor acto de amor, fue cuando en la cruz experimentó el abandono del Padre:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).
Nos dejó profundamente impresionadas.
Y la juventud, el entusiasmo, pero sobre todo la gracia de Dios, nos impulsaron a elegirlo precisamente a Él en su abandono, como camino para realizar nuestro ideal de amor.
Desde aquel momento, nos pareció descubrir su rostro por todas partes.
Él, que experimentó en sí mismo la separación de los hombres de Dios y entre ellos, y había sentido al Padre lejos de Él, lo reconocimos no solamente en todos los dolores personales, que no han faltado, y en los de los prójimos, a menudo solos, abandonados, olvidados, sino también en todas las divisiones, los traumas, las rupturas, las indiferencias reciprocas, grandes o pequeñas: en las familias, entre las generaciones, entre pobres y ricos; a veces en la misma Iglesia; y, más tarde, entre las distintas Iglesias; como más adelante entre religiones y entre los que creen y los que tienen otras convicciones.
Pero todos estos desgarros no nos han asustado; al contrario, por el amor a él abandonado, nos han atraído.
Y él mismo nos ha enseñado cómo afrontarlas, como vivirlas, cómo contribuir a superarlas cuando, después del abandono, volvió a poner su espíritu en las manos del Padre:
«Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46),
con lo que permitió a la humanidad recomponerse en sí misma y con Dios, y le indicó el modo.
Por eso él se manifestó como llave de la unidad…
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