viernes, 27 de marzo de 2020

¿Quién puede escuchar nuestro lamento una vez más, sino Tú, Dios de la vida y de la muerte?


Termino de participar gracias a los medios digitales a la oración guiada por el santo padre Francisco en la plaza de san Pedro vacía, bañada por la lluvia, con el silencio roto por las alarmas de las ambulancias que siguen llevando enfermos. 

Son días en los cuales rezar cuesta un poco mas... y como al papa san Pablo VI me llegan a los labios las palabras: 
No has atendido nuestra súplica... (13 de mayo 1978). 

Vuelvo a leer toda la oración de Pablo VI y encuentro que tan trágica afirmación respondía a una profesión de fe: 
solo tu puedes escuchar Dios de la vida y dela muerte. 

En este viernes de Cuaresma contemplando tu muerte y la muerte de tantos conocidos y desconocidos, contemplando tu pasión y la pasión de tantos conocidos y desconocidos 

te proveo mi fe confiada 
Dios de la vida y de la muerte.


ORACIÓN DE SU SANTIDAD SAN PABLO VI13 de mayo de 1978
Y ahora nuestros labios, cerrados como por un obstáculo enorme, semejante a la gran piedra colocada a la entrada del sepulcro de Cristo, se quieren abrir para entonar el De profundis, es decir, el grito y el llanto del dolor inefable que ahogan nuestra voz ante esta tragedia.
¡Señor, escúchanos!
¿Quién puede escuchar nuestro lamento una vez más, sino Tú, Dios de la vida y de la muerte? 
No has atendido nuestra súplica...
...por la incolumidad de Aldo Moro, de este hombre bueno, apacible, sapiente, inocente y amigo; pero Tú, Señor, no has abandonado su espíritu inmortal marcado con la fe en Cristo, que es la resurrección y la vida. Por él, por él.
¡Señor, escúchanos!
Oh Dios, Padre de misericordia, haz que no se quiebre esta comunión que perdura todavía, en medio de las tinieblas de la muerte, entre los difuntos que dejaron esta existencia temporal y nosotros que vivimos todavía la jornada de un sol que tramontará inexorablemente. 
No resulta vana la perspectiva de nuestra existencia de redimidos. ¡Nuestra carne resucitará, nuestra vida será eterna! Que nuestra fe corra pareja ya desde ahora con esta realidad prometida. ¡Veremos de nuevo a Aldo y a todos los que viven en Cristo, cuando gocemos de la bienaventuranza del Dios infinito!
¡Señor, escúchanos!
Y mientras tanto, Señor, haz que nuestro corazón cauterizado por la virtud de tu cruz acierte a perdonar el ultraje injusto y mortal infligido a este hombre tan querido, y a cuantos han experimentado la misma suerte cruel; haz que todos nosotros recojamos en el sudario límpido de su noble recuerdo la herencia perdurable de su rectitud de conciencia, de su ejemplo humano y cordial, de su entrega a la redención social y espiritual de la querida nación italiana.
¡Señor, escúchanos!

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